Interludio. Por qué las máquinas aprenden con Bach
térmicaCasi todas las máquinas que intentaron en serio tocar o componer terminaron tarde o temprano sentándose frente a Bach. Wendy Carlos, en 1968, demostraba que el sintetizador Moog servía como instrumento musical con piezas de Bach que grababa nota por nota. En «Solaris», de 1972, a través del zumbido y el titileo que Eduard Artémiev le sacó al ANS, se abre paso el preludio coral de Bach en fa menor. En los ochenta y los noventa, David Cope alimentó a su programa Emmy con corales de Bach hasta que escribió cinco mil, y los oyentes de Oregón confundieron su pieza con una de Bach.
La razón es bastante artesanal. Bach tiene un conjunto de entrenamiento casi listo. Sus corales a cuatro voces, melodías luteranas que armonizó para los fieles, son cortos y están escritos para las mismas voces, soprano, contralto, tenor y bajo, con las mismas reglas de conducción de voces, por eso es fácil ponerlos en una tabla y calcular. Quien los reunió para imprimirlos no fue el propio Bach. Desde 1777, a los editores los andaba persiguiendo Johann Philipp Kirnberger, el teórico berlinés que de joven había estudiado con Bach y veinte años antes había publicado el juego de dados para componer minuetos. Kirnberger murió en 1783 sin ver el libro, y tuvo que sacarlo el hijo del compositor, Carl Philipp Emanuel, que en 1784–1787 imprimió los corales en cuatro tomos con el editor de Leipzig Breitkopf. Como el número 283 aparece dos veces, los corales publicados fueron trescientos setenta y uno, y con ese número viven hasta hoy, primero en los manuales de armonía y ahora en los conjuntos de datos para redes neuronales.
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