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Parte IX. Quién es músico ahora
Capítulo 30 · 4 min

El Auto-Tune y la guerra contra la «música deshonesta»

Un camión de prospección sísmica en el desierto, cables con sensores y, sobre una mesa, un micrófono y un procesador de racktérmica

A mediados de los noventa, el ingeniero Andy Hildebrand almorzaba en una feria de música con sus socios y un distribuidor, y la conversación fue a parar a qué aparato hacer después. Una de las mujeres de la mesa dijo: «Andy, haceme una caja para que yo cante afinado». Según recordaba Hildebrand, todos en la mesa se quedaron mirando sus platos en silencio.

Hildebrand no era un ingeniero musical en el sentido habitual. Tocaba la flauta de forma profesional desde chico, pero de formación era matemático del procesamiento de señales, y los primeros quince años de su carrera los pasó buscando petróleo. En Exxon, y después en su propia empresa, Landmark Graphics, escribía programas para prospección sísmica: se manda un golpe bajo tierra, se escuchan las ondas reflejadas y a partir de ellas se reconstruye qué hay en la profundidad. La herramienta principal de ese trabajo era la autocorrelación, una manera de encontrar en una señal un patrón que se repite. La voz de un cantante también es una señal con un patrón que se repite, y el período de ese patrón fija la altura de la nota. Hildebrand simplificó la matemática para que alcanzara a funcionar en tiempo real, y el diecinueve de septiembre de 1997 su empresa, Antares, lanzó el Auto-Tune. El aparato encontraba la altura de la nota cantada y la llevaba, sin que se notara, hasta la nota correcta más cercana.

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