Epílogo. El instrumento que desapareció
térmicaLa flauta de Hohle Fels, tallada en hueso de buitre leonado hace treinta y cinco mil años, le exigía a la persona respiración y dedos. Para que la melodía que sonaba en su cabeza saliera afuera, había que soplar dentro del hueso hueco y tapar con los dedos los agujeros justos, y eso solo se aprendía con años. Entre la música de adentro y la música en el aire estaba el cuerpo.
Desde entonces, todo lo que había entre ellas se fue adelgazando de a poco. Lev Theremin llevó en 1922 al Kremlin una caja que se toca sin tocarla, y ahí el cuerpo todavía hacía falta, pero ya solo como el movimiento de una palma en el campo invisible de una antena. Después vinieron las teclas y las perillas, que se pueden dominar en una noche; después la pantalla, donde las perillas están dibujadas; después la línea de código; después el adjetivo en una ventanita. Cada capa nueva le exigía a la persona menos cuerpo y menos años, daba más posibilidades y quitaba precisión, y cada vez parecía que ya no quedaba adónde adelgazarse más.
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