La computadora aprende a oír
térmicaEn una fiesta ruidosa, alguien conversa con un amigo; alrededor tintinean las copas, suena música, hablan veinte voces a la vez, y de pronto, desde la otra punta del salón, oye su nombre. El oído y el cerebro estuvieron haciendo toda la noche un trabajo que la persona no notaba: descomponer el murmullo general en voces separadas, seguir una de ellas y no perder de vista las demás. En 1953, el científico británico Colin Cherry llamó a esa capacidad el problema del cóctel, y las máquinas se dedicaron a resolverlo durante los setenta años siguientes.
Las primeras máquinas que escuchaban en lugar de una persona se construyeron para espiar. En la sharashka, Lev Theremin armaba Burán, que reconstruía la conversación en una habitación a partir de la vibración del vidrio de la ventana, y su Zlatoust, escondido en un escudo de madera, le estuvo contando durante siete años a la inteligencia soviética las charlas del despacho del embajador estadounidense. Oír, esos aparatos sabían, pero distinguir quién había dicho qué seguía siendo trabajo de gente con auriculares.
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