Moog. La música hubo que armarla como un banco de laboratorio
térmicaEn 1963, en una feria para profesores de música escolares en Rochester, en el estado de Nueva York, Robert Moog, un estudiante de doctorado en física de Cornell, estaba junto al puesto con sus theremines cuando se le acercó un joven profesor de la Universidad Hofstra llamado Herb Deutsch. Deutsch componía jazz experimental, trasteaba con magnetófonos y le explicó que necesitaba un aparato que hiciera sonidos que él no podía conseguir pegando cinta. Para ese momento, los músicos ya llevaban veinte años cortando cinta y le habían sacado casi todo lo que podía dar, y Deutsch quería más: una fuente de la que se pudiera obtener un sonido nuevo en el acto, tocando, sin hoja de afeitar ni semanas de montaje. Moog lo invitó a su casa.
El verano siguiente, Deutsch llegó a Trumansburg, un pueblito del norte del estado donde Moog tenía su taller, y el trabajo avanzó como después avanzaría casi toda la historia de los sintetizadores. Deutsch decía lo que necesitaba, Moog soldaba, Deutsch probaba y decía qué faltaba, y Moog volvía a soldar. Moog se describiría después como un artesano que hace herramientas para manos ajenas, y esa descripción es más precisa que cualquiera de los epítetos que le dieron más tarde: todo lo que inventó, de la envolvente a la rueda para cambiar la altura, nació de pedidos de músicos que no sabían cómo construir algo así, pero sabían exactamente qué necesitaban.
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